¿Qué se pregunta a quien ha recibido miles de preguntas? ¿Qué se pregunta a quien ha hecho y se ha hecho tantas preguntas en su vida? La noticia de la muerte de Tomás Eloy Martínez me llegó justo el día en que iba a retomar mi tesis sobre la influencia de su obra en el periodismo y la literatura latinoamericana, después de mi viaje a  la Argentina y de mi semifallida búsqueda de respuestas que sólo me dieron más preguntas, ahora sin contestar.
A conocer la obra y vida de Tomás Eloy Martínez le he dedicado dos años de mi propia vida. Sólo dialogué con él cuatro veces. De mi primer encuentro dependen todos los demás, y mi propia vocación e interés por un tipo de periodismo que más que género narrativo parece una especie de secta en que pocos coincidimos con Tomás.
Era 2004, yo era parte de un "viaje de estudios" de la escuela de Letras de la Universidad de Sonora a la Cátedra Cortázar, una especie de groupies, pero de escritores latinoamericanos. Ya se conocía en la Argentina la mayor parte de su obra por la que ahora es célebre: La novela de Perón, La Pasión según Trelew? Pero en México hacía su presentación estelar con una nueva edición de Santa Evita, luego del revuelo de la figura de Eva Perón con el musical de Broadway y la película protagonizada por Madonna. Por ello quizá aquella tarde pocos repararon en el discreto hombre de cabello todavía más negro que blanco, traje azul oscuro y porte erguido, que saludaba a las leyendas del boom como el entrañable amigo que era.
Sólo una aprendiz de periodista se atrevería a ponerle en frente una grabadora a un escritor de ese tamaño, sin la certeza exacta de qué preguntar, y sin haber leído alguno de sus libros. Lo confieso, lo único que tenía entonces de periodista era ese instinto de correr detrás de la noticia y no dejar escapar la oportunidad de tener algo qué publicar. Y sin embargo, de Tomás me sorprendieron su cristalina mirada de ojos profundamente azules y melancólicos, la seguridad y elegancia de dandy viejo, la humildad para dedicarle casi media hora a una joven que no representaba a ningún medio importante.

Buscando a TEM en Tucumán
Cuando el año pasado viví en la Argentina cinco meses, ya era una groupie más especializada. Me dediqué a buscar pistas sobre T.E.M. En su natal Tucumán busqué su casa pero sólo encontré un estacionamiento; la tarde de ese día conocí a María Eugenia, su amiga de la infancia, que a pesar de sus achaques de profesora universitaria jubilada aún ríe al recordar los paseos al campo con el galán "Tomasito". Al día siguiente, María Santillán me abrió las puertas del archivo de LA GACETA, el periódico donde el talento del escritor se hizo público por primera vez. Entre las carpetas con ineludible olor a tinta guardada dedicadas a T.E.M, pude observar textos en papel amarillo, mecanografiados y adornados con las correcciones del autor a mano.
Otra tarde en un café de Recoleta, en Buenos Aires, su primer editor y todavía entonces director del suplemento literario del diario tucumano, Daniel Alberto Dessein, me compartiría los primeros años del Tomás escritor. Martínez tenía sólo 16 años cuando le hizo llegar un primer texto sobre T. S. Elliot. Dessein lo leyó con desconfianza, pero se sorprendió por la forma de adjetivar de Tomás y empezó a publicarle reseñas de cine, teatro y libros, a pesar de las fuertes críticas de los escritores consagrados locales, quienes advertían que Tomás jamás llegaría a ser buen escritor.
"Tomás, en aquel tiempo, era un católico militante; venía del catolicismo liberal, pero muy rápidamente se fue apartando de sus orígenes. Era un hombre tan ferviente que, cuando participaba en las procesiones de Tucumán, en lugar de llevar la vela en un portavela, la llevaba en la mano para que la cera se la quemara", recordaba el primer jefe de un escritor que, en sus inicios, para titular sus cuentos abría la Biblia y elegía una frase al azar.
Al igual que sus personajes, que se confunden, se diluyen y se pierden en las calles de Buenos Aires, Tomás se me escapaba cada vez que estaba a punto de encontrarlo. Su enfermedad avanzaba y se alejaba su fuerza para conceder entrevistas. La última vez que lo vi fue en una selecta rueda de prensa en las oficinas de la editorial Alfaguara, a raíz de la reedición de sus obras completas y del Premio Ortega y Gasset. Entonces nos regaló una edición muy especial de Bazán, un cuento publicado originalmente en LA GACETA Literaria, que reeditaba Eloísa Cartonera, una editorial que produce libros con material provisto por cartoneros. Ahí también nos dio una de sus últimas lecciones: "Los narradores escribimos sobre lo que sabemos para aprender aquello que no sabemos, para conocer aquello que no conocemos; en verdad, la escritura de novelas, como la escritura en general y el periodismo, es una exploración de caminos desconocidos, inexplorados. La búsqueda de luces que vislumbramos pero no vemos".
© LA GACETA

Liliana Chávez - Licenciada en Letras, periodista del diario mexicano Milenio.